Capítulo IV 4/9
El primer Cursillo de Cristiandad de la historia
Cala Figuera de Santanyí, 1944, y los primeros pasos de una experiencia llamada a dar fruto.
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Desde el principio, el gran deseo de Eduardo Bonnín y de quienes iniciaron con él este camino era promover un verdadero encuentro entre la libertad interior del ser humano y la acción transformadora del Espíritu de Dios.
Todo giraba en torno a esta profunda convicción, y el grupo estaba seguro de que el éxito dependería de la capacidad de crear un ambiente propicio para que ese encuentro se produjera con autenticidad y profundidad.
Fue con esta visión como, en agosto de 1944, se celebró el primer Cursillo, en un chalet situado en Cala Figuera de Santanyí, con la participación de catorce hombres. El esquema utilizado en aquel encuentro se mantiene prácticamente intacto hasta nuestros días, con la excepción de dos contenidos — el primero y el último rollo — que solo llegarían a integrarse formalmente en el método durante la década de 1950.
Un elemento significativo introducido por Eduardo en aquel primer retiro fue la celebración del Vía Crucis, según un texto del Padre Llanos, que tuvo lugar al comienzo mismo del encuentro, sirviendo como apertura espiritual y preparación interior.
Sin embargo, Bonnín no tuvo un camino fácil para ver aceptado su método. Una de las mayores resistencias surgió de su insistencia en proponer un mismo cursillo para participantes de niveles sociales, culturales y espirituales muy distintos.
Mientras algunos defendían que sería mejor dividir los grupos según el grado de formación o religiosidad, Eduardo creía firmemente en el valor de la diversidad, considerando este enfoque irrenunciable. Su experiencia durante el servicio militar, en un ambiente genuinamente interclasista, le había mostrado que la fuerza del mensaje cristiano supera cualquier barrera humana.
Lo que conocemos como el primer Cursillo de Cristiandad de la historia, tal como fue estructurado por Eduardo, tuvo lugar entre los días 19 y 23 de agosto de 1944, en el chalet de Cala Figuera, en Mallorca.
En aquel encuentro inaugural, el Director Espiritual fue el Rvdo. D. Juan Juliá, mientras que Eduardo Bonnín asumió el papel de rector. El equipo de formación estuvo compuesto por Jaime Riutort y José Ferragut.
Los participantes fueron catorce: Sebastián Mestre, Antonio Binimelis, Leopoldo Febrer, Bartolomé Obrador, Francisco Oliver, Salvador Escribano, Damián Bover, Antonio Mesquida, Francisco Estarellas, Antonio Obrador, Antonio Mas, y tres que, en la fecha del testimonio, aún estaban vivos: Miguel Rigo, Onofre Arbona y Francisco Grimalt.
Este cursillo fue presentado inicialmente con el nombre de “V Cursillo de Jefes de Peregrinos”, pero lo que allí se vivió superó todas las expectativas. Los frutos de conversión personal y el cambio de los ambientes a partir de la vivencia de los participantes confirmaron que allí había nacido algo nuevo.
Aun así, muchos miembros de la Acción Católica diocesana lo vieron solo como una versión breve más de un cursillo de jefes, con algunas adaptaciones típicas de “cosas de Eduardo” — pero que, sorprendentemente, resultaron más eficaces que los modelos venidos de Madrid. Por eso, muchos entendieron que valía la pena repetirlo.
A pesar de la aceptación práctica, continuaba el debate sobre la estructura de los grupos. ¿Debían organizarse los cursillos de acuerdo con el grado de fe o el nivel cultural de los participantes?
Para Bonnín, la respuesta era clara e innegociable: no. Él creía que el mensaje de Cristo debe alcanzar el corazón del hombre tal como es, dondequiera que se encuentre, y que esta apertura a la diversidad es precisamente lo que daba al movimiento su carácter único.
“El encuentro con Cristo acontece en el silencio interior del hombre.
Por eso siempre hemos procurado ‘llegar desde la superficie hasta lo más íntimo del ser’.”
“Esta es la novedad del Cursillo — lo que lo hace diferente de tantas otras iniciativas. Por muy buenas que sean, no son lo mismo, ni consiguen lo mismo. Esta es la marca genuina de nuestro método: fue por ella que el mensaje de Cristo logró llegar a tantos alejados — por ignorancia, por desinformación, o incluso por mala información.”
“Lo que hoy conocemos como Cursillos de Cristiandad nació por manos de laicos.
La idea, el propósito, la estructura e incluso la disposición de los rollos fueron pensados únicamente por laicos comprometidos con la fe.
Cuando llevamos la propuesta a la jerarquía, lo entregamos todo: rollos, notas, apuntes.
Y pedimos, por iniciativa propia, que fueran designados algunos sacerdotes para acompañarnos — no por imposición, sino por deseo de comunión.
Gracias a la sabiduría, comprensión y libertad con que aquellos sacerdotes nos acompañaron, el movimiento tuvo una infancia feliz, con espacio para crecer y profundizar, incluso mientras rompía — y sigue rompiendo — muchos de los esquemas tradicionales de la pastoral.”